Luego de más de medio siglo vinculado a la defensa de los derechos humanos, Claudio González dejó la Secretaría Ejecutiva de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC), institución desde la que acompañó a víctimas de la dictadura, familiares de detenidos desaparecidos, personas perseguidas y comunidades afectadas por distintas vulneraciones.
Su salida cierra una etapa marcada por la construcción de una de las organizaciones fundamentales en la historia de la defensa de los derechos humanos en Chile, pero también abre una reflexión sobre los desafíos que permanecen vigentes: la preservación de la memoria, el avance del negacionismo y la necesidad de seguir defendiendo derechos que, a su juicio, vuelven a estar en disputa.
Nacido en Concepción en 1936, Claudio González comenzó su trayectoria social en la Fundación Mi Casa, donde trabajó durante más de una década con niños, niñas y adolescentes. Tras el golpe de Estado de 1973 perdió ese trabajo y poco después se incorporó al Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados (CONAR), una iniciativa impulsada por iglesias cristianas para proteger a personas perseguidas por la dictadura.
Desde ese espacio participó en la asistencia a refugiados y exiliados, en un contexto marcado por la persecución política, la salida forzada del país y la presión internacional sobre el régimen. En abril de 1975 fue parte del equipo que dio origen a la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas, organización que este año cumplió 51 años.
Durante la dictadura, González encabezó el trabajo de la fundación en la atención a perseguidos políticos, recorrió cárceles y centros de detención a lo largo del país, colaboró en procesos de salida al exilio y desarrolló su labor bajo vigilancia y amenazas. Con el retorno a la democracia continuó ligado a la búsqueda de verdad y justicia, participando en causas por violaciones a los derechos humanos y acompañando a organizaciones de víctimas. Esa trayectoria fue reconocida en 2024 con el Premio Nacional de Derechos Humanos.
Foto Claudio González, Exsecretario de FASIC y Premio Nacional de Derechos Humanos 2024.
En conversación con Radio y Diario Universidad de Chile, Claudio González repasó los orígenes de FASIC, el papel que tuvieron las iglesias durante la dictadura y el aprendizaje construido junto a víctimas y organizaciones sociales. Además, abordó el avance del negacionismo, la pérdida del sentido colectivo en la sociedad, la importancia de preservar los archivos de memoria y el desafío que enfrentan hoy las organizaciones de derechos humanos.
―Usted comenzó su trabajo en ayuda a refugiados poco después del golpe de Estado. ¿Qué papel desempeñaron las iglesias en esa tarea y cómo observa su rol en la actualidad?
Hubo un compromiso muy fuerte de las iglesias en esos años. Y cuando hablamos de iglesias no nos referimos solamente a sacerdotes, pastores o religiosos, sino también a las comunidades que formaban parte de ellas. Muchos integrantes de iglesias evangélicas fueron perseguidos, especialmente en el sur del país.
Nosotros trabajamos mucho a través de iglesias evangélicas a lo largo de Chile y junto a sus pastores. Varias congregaciones sirvieron para proteger personas perseguidas, recibirlas y ayudarlas a encontrar lugares seguros. También hubo equipos que colaboraron en el traslado de personas, en su ingreso a embajadas o en distintas formas de protección, muchas veces incluso sin que los propios embajadores conocieran todos los detalles de esas acciones.
Fue una labor profundamente comprometida. Muchas personas pagaron con su vida ese trabajo y otras fueron detenidas por ayudar a quienes eran perseguidos por la dictadura.
Con el retorno a la democracia, muchas personas que habían participado de esa militancia en derechos humanos comenzaron a involucrarse en los partidos políticos y en el proceso institucional de la transición. Poco a poco, las iglesias también fueron replegándose hacia su vida interna.
Foto Familiares de detenidos y ejecutados políticos.
En general, dejaron de asumir como parte de su labor pastoral el trabajo directo con la pobreza, la persecución y la desigualdad, como había ocurrido durante la dictadura. Hubo excepciones, pero muchas comunidades volvieron a una forma más tradicional de entender su misión.
―Usted mencionaba la pérdida del sentido colectivo que existía durante esos años. ¿Cómo observa hoy el avance del individualismo y del negacionismo en la sociedad chilena?
Creo que el golpe de Estado tuvo como uno de sus primeros objetivos desarticular a los dirigentes sociales. Fue un golpe dirigido hacia quienes formaban parte de las organizaciones y redes que sostenían la vida colectiva del país.
Pero posteriormente, con la instalación de un nuevo modelo económico y social, también se fue debilitando la base de ese tejido colectivo que se había construido. La sociedad comenzó a perder espacios donde las personas se sentían parte de un proyecto común, con representación en sindicatos, colegios profesionales, mutuales y otras organizaciones que fueron prohibidas durante la dictadura.
Eso fue generando una lógica distinta. La persona que antes era parte de una red social y de una comunidad comenzó a pensarse principalmente desde su bienestar individual. Se fue transformando al ciudadano en consumidor.
Esa pérdida del sentido colectivo también tiene consecuencias en la manera en que enfrentamos los problemas actuales. La inseguridad, por ejemplo, muchas veces deja de verse como una preocupación de la sociedad en su conjunto y pasa a sentirse como una amenaza individual. Recuperar esa dimensión colectiva será un proceso largo, porque es una cultura que debe reconstruirse desde las nuevas generaciones.
Respecto del negacionismo, creo que al comienzo hubo personas que creyeron el discurso de la dictadura y las versiones que se instalaban sobre quienes eran perseguidos. Sin embargo, con el tiempo muchos fueron conociendo la realidad: la existencia de prisioneros políticos, personas torturadas, asesinadas y detenidas desaparecidas.
Pero hubo otros sectores que no quisieron aceptar esa realidad y que mantienen hasta hoy esa postura.
Esto no es algo nuevo. Cuando integré el Consejo del Instituto Nacional de Derechos Humanos compartí con Miguel Luis Amunátegui, uno de los fundadores del Partido Nacional, quien también fue integrante de la Comisión Valech. Él me contó cómo, por haber participado en esa comisión, recibió cuestionamientos dentro de su propio sector político. Hubo personas que dejaron de saludarlo y que no aceptaban que se reconociera lo ocurrido durante la dictadura.
Entonces, ya no estamos solamente frente a un desconocimiento de los hechos. Existe una decisión de ciertos sectores de no aceptar una realidad que está documentada.
También están quienes plantean que ha pasado demasiado tiempo y que estos temas deberían quedar atrás. Pero para las familias de quienes fueron asesinados, torturados o hechos desaparecer, esa historia sigue presente.
Foto Personas sosteniendo carteles con los rostros de detenidas y detenidos desaparecidos en Chile.
Cuando hablamos de reparación, no estamos hablando de dinero. La pérdida de un familiar en esas circunstancias no puede repararse económicamente. La reparación pasa por reconocer quiénes fueron esas personas, sus historias, sus proyectos de vida y la dignidad que tuvieron.
Y existen sectores más extremos que buscan retroceder en el trabajo construido durante décadas en materia de derechos humanos. El problema no es solo negar lo ocurrido, sino intentar eliminar o poner obstáculos a todo lo que se ha construido en torno a la memoria, la verdad y la reparación.
Porque al negar esos hechos también se intenta impedir que la sociedad conozca su propia historia y que existan condiciones para que situaciones como esas no vuelvan a repetirse en Chile.
―Después de más de cinco décadas de trabajo, ¿Cuáles cree que son hoy los principales desafíos para las organizaciones de derechos humanos?
Todavía estamos reflexionando sobre cuál debe ser el papel de las organizaciones de derechos humanos en esta nueva etapa. Durante mucho tiempo pensamos que, terminada la dictadura, la tarea sería seguir conquistando derechos y avanzando en esa dirección. Pero parece que hoy vamos a tener que esperar más tiempo y volver a poner mucho esfuerzo en defender derechos que están siendo cuestionados.
Los derechos humanos no se reducen solamente al derecho a la vida, a no ser torturado o a no ser encarcelado. También incluyen el derecho al trabajo, a una remuneración justa, a estudiar, a tener salud y a vivir dignamente.
Siempre he dicho que la Declaración Universal de Derechos Humanos es como un programa de vida, porque aborda todos los aspectos de la existencia de las personas. Incluso hay derechos que parecen menores, pero que también forman parte de esa declaración, como el derecho a tener vacaciones periódicas pagadas.
Lo menciono porque muchas veces no se entiende que todos esos aspectos forman parte de los derechos humanos. El derecho al trabajo, a una remuneración justa, a la salud o a una vida digna también están en juego.
Foto Coordinadora Nacional de Agrupaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos. Foto: Exequiel Muñoz.
Por eso, las organizaciones de derechos humanos no solo tienen que seguir impulsando nuevos avances, sino también defender aquello que se ha conquistado y que hoy vuelve a estar en discusión.
También debemos preguntarnos cómo hacemos para que las personas comprendan que no se puede atentar contra sus derechos ni aceptar proyectos que afecten la dignidad de otros.
Hoy existen señales más preocupantes, con visiones que parecen buscar retroceder, volver a relaciones donde las personas sean vistas como subordinadas y no como integrantes de una sociedad que construye colectivamente.
A esto se suma el avance del fundamentalismo y del negacionismo, fenómenos que no ocurren solamente en Chile, sino también en distintos países de América Latina. Hemos visto cómo estas corrientes se mezclan con determinados discursos políticos y religiosos para instalar miradas que amenazan derechos que parecían asegurados.
Todavía nos queda fuerza. No podemos renunciar. Al contrario, lo que hemos vivido durante tantos años tiene que darnos más impulso para seguir trabajando por una sociedad más justa y evitar que se repitan hechos que ya conocemos.
―En esta tarea de preservar la memoria, ¿Qué importancia tiene transmitir a las nuevas generaciones lo ocurrido durante la dictadura y qué papel cumplen instituciones como FASIC?
Creo que fueron las mujeres quienes tuvieron que asumir en gran medida la defensa de sus esposos, hijos y padres. Aquellas personas que en ese momento eran consideradas como el “sexo débil” tuvieron que hacerse fuertes: recorrer cuarteles, buscar información, enfrentar al Estado y comenzar una lucha por la verdad y la justicia.
Fueron ellas quienes dieron sentido y alma a los organismos de derechos humanos. Fueron fundamentales en espacios como el Comité de Ayuda a los Refugiados, FASIC, el Comité de Cooperación para la Paz y posteriormente la Vicaría de la Solidaridad.
Muchas de ellas no eran académicas ni especialistas en derechos humanos, pero pusieron su vida en esta tarea. Tuvieron que aprender a enfrentar al Estado, a organizar acciones colectivas, a realizar manifestaciones y a impulsar herramientas de presión como las huelgas de hambre.
Foto Dictadura en Chile. Paul Plaza/Aton Chile.
La gran huelga de hambre de 1978 fue una expresión muy importante de esa lucha. Permitió visibilizar internacionalmente la búsqueda de verdad y justicia de los familiares de detenidos desaparecidos y se convirtió en un símbolo de esa resistencia.
Creo que eso deja una enseñanza muy importante: la defensa de los derechos humanos no nace solamente de grandes instituciones o de personas con formación especializada. Muchas veces surge desde personas comunes que, frente a una injusticia, deciden organizarse y actuar.
Por eso es fundamental transmitir estas historias a las nuevas generaciones. No solo para conocer lo que ocurrió durante la dictadura, sino también para comprender cómo una sociedad puede responder frente a las vulneraciones de derechos.
La memoria no está construida únicamente por documentos oficiales o grandes instituciones. También está formada por las experiencias de quienes buscaron a sus familiares, de quienes resistieron y de quienes, desde distintos lugares, decidieron acompañar esa lucha.
―El archivo de FASIC fue reconocido por la UNESCO y declarado Monumento Nacional. ¿Cómo se construyó ese archivo y por qué es importante preservarlo?
En el caso de FASIC ocurrió algo distinto a lo que sucede actualmente cuando nace una organización, que suele incorporar desde el inicio un archivo como parte de su estructura. Aquí el archivo se fue construyendo con el trabajo cotidiano de la institución.
A medida que atendíamos personas, se iban creando carpetas con una gran cantidad de documentación. Muchos antecedentes tuvimos que enviarlos a embajadas u organismos internacionales, como sentencias y otros documentos relevantes para los procesos de las personas que acompañábamos. Pero también fueron quedando registros de quienes acudían a FASIC, copias de resoluciones judiciales, testimonios y distintos elementos que permitían reconstruir sus historias.
Después tuvimos que reunir toda esa información y construir un archivo organizado, para lo cual contamos con el apoyo de personas y organizaciones vinculadas al Archivo Nacional, que ayudaron a estructurarlo y darle una forma adecuada.
Foto Archivo FASIC.
A partir de ese trabajo, junto a otros archivos de organizaciones de derechos humanos, el archivo de FASIC fue incorporado al Registro Memoria del Mundo de la UNESCO. Posteriormente también fue reconocido como Monumento Nacional en la categoría de archivo histórico.
El valor de este archivo es que contiene la vida de las personas. Permite reconstruir parte de la historia de Chile a través de cartas, documentos, testimonios y relatos de quienes sufrieron la represión. Por eso es tan importante preservarlo. Porque ahí no solamente están los antecedentes de las violaciones a los derechos humanos, sino también las experiencias, los sufrimientos y las historias de quienes estuvieron detrás de esos documentos.
Ese material entrega enseñanzas y permite comprender lo ocurrido. Es parte de una memoria que debe mantenerse viva, porque también ilumina lo que debemos hacer para que hechos como esos nunca vuelvan a repetirse.
―Después de más de 50 años de trabajo en FASIC, ¿Cómo enfrenta este proceso de dejar la organización?
Cuando me promovieron para el Premio de Derechos Humanos tuve que comenzar a mirar hacia atrás y tratar de explicar lo que habíamos hecho. Y una de las primeras cosas que dije fue que esto no es un premio para una persona.
Todo lo que hicimos no lo hice yo. Fui una persona más dentro de un equipo al que le correspondió cumplir distintas tareas. Ahí estuvieron trabajadoras sociales, abogados, psicólogos, psiquiatras, administrativos, choferes y muchas otras personas que hicieron posible este trabajo.
Foto Claudio González, Exsecretario de FASIC y Premio Nacional de Derechos Humanos 2024.
Incluso desde el portero hasta quien trasladaba personas perseguidas tuvieron un papel importante. Durante la dictadura había que actuar con mucho cuidado: proteger personas, cambiar lugares de alojamiento, trasladarlas y realizar acciones sin dejar huellas. Ese trabajo fue mucho más que una labor profesional. Fue un compromiso con una causa y, sobre todo, con las personas que estaban sufriendo.
De las iglesias aprendimos dos cosas fundamentales. Por un lado, el ecumenismo: la capacidad de trabajar juntos, sin distinguir personas, con objetivos comunes. Y por otro, algo muy importante: acompañar a las víctimas. No se trataba de tutelar a las personas ni decidir por ellas, sino de estar a su lado y permitir que fueran ellas quienes fueran construyendo su propio camino.
También fue muy importante el aprendizaje junto a la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Durante años compartimos con familiares de víctimas, con sus propias miradas, sus propias formas de enfrentar la búsqueda de verdad y justicia. Eso también nos transformó y nos enseñó mucho.
Ahora llega el momento del relevo. Uno puede escribir muchas cosas, pero gran parte de lo importante no está escrito. Está en la experiencia acumulada: en conocer el valor que tiene cada documento, cada historia y cada testimonio para una familia y para la construcción de una sociedad.
También hay que reconocer que el cuerpo cambia con el paso de los años. La experiencia y el conocimiento permanecen, pero la agilidad física y mental comienzan a disminuir como parte natural de la vida.
Quizás estos relevos debieron haberse hecho antes, pero muchas personas no quisieron dejar este trabajo porque existía un compromiso muy grande. Muchas veces las condiciones económicas no eran las mejores, pero había una convicción y una entrega que permitían seguir adelante.
Hoy mi tarea es entregar esta experiencia a quien continúe. Porque FASIC no solo guarda documentos: guarda una historia, una memoria y una forma de acompañar a quienes han sufrido violaciones a sus derechos humanos.

